El viernes pasado me levanté temprano para ir a hacer deporte, eran las 7:15 de la mañana cuando pasé por un parque junto a las universidades, sentí un frío sobrecogedor, a pesar del frío ambiental fue más la sensación de ver a lo lejos un hombre vestido de verde como si fuera una hoja caída de alguno de aquellos árboles del parque, que no habiendo podido dormir la noche anterior, se preguntaban porque se sentían tan sucios, esa lágrima de color verde se deslizaba por la tierra intentándo devolver la incorruptibilidad al lugar antes de que saliera el sol y así pareciera tan solo una mala pesadilla.
A cada paso mis pies se topaban con botellas, vidrios quebrados, bolsas de plástico, el olor a orín no era menos detestable, se hacía difícil avanzar pues una especie de succión procedente de aquellos restos de alcohol lo trataba de impedir.
Me preguntaba que pensaría aquel hombre, que náuseas sentiría, que indignación, que tristeza, que esperanza le quedaría si estando junto a un templo del saber podía ver que habían hecho sus habitantes a un indefenso hijo de la Madre Tierra.